Crónica de la expulsión de los pobres de la Universidad

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Estos días el sector universitario está en pie de guerra debido a la reforma educativa de Wert, denominada popularmente como “3+2”. Una reforma que, pese a parecer que es un intento por equipararnos con el resto de Europa, no es más que la enésima reforma para echar a los pobres de la universidad.

Cuando allá por el 2005 comencé la carrera, una de las primeras cosas que hice fue meterme en delegación de alumnos. Fui más tarde miembro de Junta de Escuela y viví toda la realización de los nuevos planes Bolonia con el gobierno del PSOE. Duré poco tiempo más en delegación, porque aquel año me quedó claro que los alumnos no teníamos ni voz ni voto en las tomas de decisiones de la Escuela, pero al menos esos dos años me sirvieron para entender el despropósito que se estaba llevando a cabo con la implantación del Plan Bolonia.

Ya desde el inicio a los representantes de delegación nos quedó muy claro que lo que se estaba realizando con el beneplácito de la ANECA era a todas luces una chapuza, y así lo hicimos saber, aunque de poco nos sirvió.

A excepción de países como Grecia, Bulgaria o Escocia, ningún país de la Unión Europea apostaba por la fórmula de los 4 años. Para adaptar diplomaturas y licenciaturas, se decidió duplicar titulaciones similares por cada una de las antiguas titulaciones, para que así nadie se quedara sin su cortijo particular. Las primeras añadieron a sus planes asignaturas específicas que extendían conceptos ya vistos en las anteriores y en el caso de las superiores, se recortaba un año y para ello quitaban asignaturas muy importantes. Para titulaciones similares podíamos tener cuatro o cinco grados diferentes, creando una confusión total entre los estudiantes recién salidos del instituto.

Por otra parte, los planes tenían un enfoque claramente mercantilista y de baja preparación, por lo que equivalían en muchos casos a una FP. Con el plan Bolonia se creaban individuos válidos para el mercado laboral, pero carentes de una formación que les diera una proyección que permitiera ampliar conocimientos en el futuro.

A eso había que añadir que el Plan Bolonia implantaba la asistencia obligatoria a clase, la evaluación continua, y por tanto, el aumento de horas lectivas fuera de la universidad. Aquella reforma cercenaba el acceso a la universidad de aquellos que compaginábamos trabajo con estudios y dejaba el postgrado sólo en manos de aquellos que pudieran permitirse pagar el elevado coste de un Máster.

De las convalidaciones poco o nada se habló. Lo que allí primaba era sacar lo antes posible un plan de estudios validado por la ANECA y ser los primeros. De nuevo las universidades sólo buscaban más matriculados, más dinero. Poco importaba la preparación con la que salieran los alumnos.

El primer año de implantación las universidades crearon otro “sacacuartos”: los cursos puente. Estos cursos estaban enfocados a aquellos titulados del plan antiguo que quisieran obtener el grado. Para ello tenían que pagar la convalidación de todos sus créditos anteriores (una pasta), y matricularse de 5 o 6 asignaturas, a cursar en un año. Muchísima gente motivada por más de un profesor, entró en estos cursos puente y obtuvieron así una convalidación que con la reforma planteada ahora, les hubiera salido gratis. Por mi parte decidí ignorar esta opción. En primer lugar porque yo ya tenía un trabajo a tiempo completo que me impedía cursar nada de Bolonia, y en segundo lugar porque accediendo a un master de un año tenía la misma convalidación casi por el mismo coste, con la salvedad de que los masters tienen horarios más compaginables, son más valorados y te especializan mucho mejor que aquel curso puente. Quizás haya sido de las pocas decisiones buenas que he tomado en mi vida universitaria.

Como de costumbre, la llegada de un nuevo gobierno ha supuesto una nueva reforma educativa, porque en este país las materias que deberían ser de estado son utilizadas sistemáticamente para hacer campaña electoral.

Después de un lustro se decide por fin hacer caso a la petición de utilizar el modelo 3+2 del resto de países del entorno, es decir, grado de 3 años y postgrado de 2 años vía master, eso sí, tras ampliar los precios de las matriculas salvajemente tanto para grado como para master. Además se hace sin orden ni concierto, ya que se permite 4+1 o 3+2 según gustos de la universidad (lo que ocasiona un auténtico locurón a la hora de homogeneizar las titulaciones entre universidades).

En los países que se aplica la fórmula 3+2, como son Alemania o Francia, los precios de los créditos son muy inferiores a los precios en España. Además, los precios de master son prácticamente idénticos al grado. Otros países como Reino Unido, con tasas superiores a la media como la española, compensan dando un elevado número de becas. Cualquiera de las dos opciones permite que aquellos que provengan de familias humildes, es decir, la inmensa mayoría, puedan tener la opción de estudiar una carrera. En el caso de España no sólo tenemos uno de los precios por crédito más altos de Europa y una de las mayores diferencia de precio entre grados y masters, sino que las becas se han convertido en leyendas urbanas.

Por tanto, solo hay que sumar 3+2 para ver que esta nueva reforma excluirá a más estudiantes aún si cabe de poder acceder a la educación universitaria, volviendo de nuevo a aquellas épocas que algunos tanto añoran en la que los pobres siempre eran pobres y no tenían posibilidad alguna de salir de una exclusión social impuesta por el régimen.

Bienvenidos a la nueva vieja España Universitaria del PP.

Artículo publicado en El Boletin:

Crónica de la expulsión de los pobres de la Universidad (El Boletin)

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