Memorias de una perra feliz

El 31 de Agosto de 1997, hace casi 16 años, murió Lady Di, pero también nació mi perrita, Linda.

Su llegada fue cuanto menos tan especial como su día de nacimiento. Después de insistir desde que tenía uso de razón para tener un perro, mi madre accedió a mis súplicas (e indirectamente a las de mi padre), y decidimos con el nacimiento de la camada de otra gran perra, Blaky, adoptar a un cachorro. Eso sí, tenía que ser macho, que las hembras tenían celo y según la “sabiduría” popular que le trasmitieron a mi madre, daban menos “problemas”.

Cuando llegamos a ver a la camada de tres cachorritos, nos llamó la atención entre ellos la más grande, y la única que había nacido completamente negra. Eran todos super adorables (sus hermanos eran como vaquitas esponjosas xD), pero esa perrita negra, que había nacido con una diferencia de pocas horas, destacaba porque de lejos se la veía la más espabilada e inteligente de los tres. Daba igual que fuera hembra, tanto yo como mis padres (incluida mi madre), nos habíamos enamorado de ese bichito.

Un mes y medio después, por las numerosas peticiones de gente que quería a esa perrita negra, la trajeron los dueños de su madre envuelta en una toallita. Me la puso en mis brazos y percibí el calor inconfundible de un ser vivo. En cuanto observé aquel bultito, unos ojillos muy curiosos me observaron desde las profundidades de la toalla. En un arranque de originalidad, le puse el nombre más común del mundo a una perra extraordinaria, Linda.

Los primeros días fueron duros, no para mí, que duermo como un tronco, sino para mis padres, que tuvieron que velar los lloros de la perra y acunarla entre sus brazos. Fue ahí cuando mi perra adquirió aquella adoración ciega por mi padre.

Más tarde aprendería que la “médico de familia” era mi madre, y siempre que se encontraba mal acudía a ella. Mi abuela, persona de campo y que no concebía la idea de un perro cuya función no fuera la de cuidar ganado, también sucumbió a sus encantos. Linda sabía perfectamente que las comiditas más selectas, que consistían desde arroz con higaditos, a cocido con carne de perro, las proporcionaba ella.

Yo por mi parte era la proporcionadora número uno de juegos. A mis 11 añitos jugaba con Linda al escondite. Me escondía y la llamaba, y ella salía corriendo a buscarme. Cuando me encontraba y recibía la correcta dosis de mimos, salía ella corriendo y yo la perseguía. Podíamos estar así horas. También la enseñé a sentarse, y mi madre hizo lo mismo, con la famosa orden de “dame la patita”.

Paseando con mis padres y conmigo aprendió a caminar sin correa, a no separarse de nosotros nunca. En sus años “mozos” a veces decidía salir corriendo a buscar algo y me tocaba a mí correr como una loca detrás de ella, pero todos hemos pasado la edad del pavo y llevado la contraria, no?

Como yo era la encargada de los “trucos” de Linda, conmigo podía ir a comprar sin correa, y se quedaba sentadita en la puerta esperando a que yo saliera. Siempre que podía me la llevaba conmigo cuando salía a la calle.

Pero Linda no sólo era lista, también era tremendamente juguetona. Adoraba correr minutos y minutos en el césped mientras yo la perseguía, dando quiebros a una velocidad endiablada. Se podía pasar ratos enormes trayendo pelotas, y como ya contaba arriba, hasta jugaba al escondite. También tuvo que sufrir en sus primeros años las putadas de una niña de 10 años aburrida y que decidía utilizarla de muñeco, vistiéndola con todo tipo de complementos de su armario, como camisetas, gorras, gafas…

Mientras leo estas lineas y reviso lo ya escrito no puedo evitar romper a llorar. Este pasado viernes Linda, que tuvo una prospera y feliz vida de 16 años, nos dejó. Había sido una perra muy sana, sin ningún problema, pero la edad pasa por todos inexorablemente, y una complicación de útero hizo que se fuera.

Pfff, me vienen mil recuerdos a la mente con “mi bichito”.

Las carreras de histérica cuando pisaba la arena de la playa y como conseguía esquivar todas las olas con tal de no tocar la temida agua. O la primera vez que la llevamos a ver la nieve, en el Teide, y como comenzó a correr como si no hubiera mañana.

También me acuerdo del reencuentro. Lo que lloraba dentro de ese transporting al salir de Barajas, y como entró en modo locura cuando nos vio allí.

El tiempo en Madrid, aunque ya era viejita, no fue peor ni mucho menos. Seguía teniendo algún arranque repentino de juego, pero ya no estaba para tanta marcha.

Recuerdo como se pasaba las horas sentada en mi cama frente a mi viéndome estudiar y a ratos ponía la patita en los libros para que hiciera un descanso y me dedicara a darle mimitos.

Y los paseos, como molaban los paseos. Mis primeros años en Madrid eché de menos esos momentos en la noche paseando con ella a mi lado mientras pensaba en mis cosas. Eran los momentos de reflexión y calma, y siempre los pasaba con ella.

Los últimos dos años la abandoné. Me fui de su lado y durante meses se sentaba sobre eso de las ocho de la noche frente a la puerta y me esperaba durante horas. Aún así no me lo reprochaba. Cuando volvía semanalmente de visita siempre me recibía con locura.

Por mucho que la añore y llore por ella, se que tuvo una buena vida. Llegó a una edad envidiable perruna sin casi achaques y fue querida con locura por una familia a la que ella también quería.

Algunos dirán, “sólo es un perro”, pero Linda antes que perro era mamífero, y tenía una familia adoptada de homínidos que la querían, y ella quería, como a su propia “manada”. Soy hija única así que no puedo ni siquiera imaginar que significa tener un hermano, pero sí que puedo asegurar que lo más parecido que he tenido en mi infancia a uno fue ella. Pasamos muchas horas de juegos y diversión y desde que tengo uso de razón siempre estuvo a mi lado.

Linda

Te vamos a echar mucho de menos, Linda.

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